Los nabis y la vanguardia

En los infinitos vaivenes de la moda y la crítica ofical, nos puede aterrorizar descubrir que hubo un día en que la pintura de los nabis fue radicalmente moderna. Se autodenominaron “profetas” (eso quiere decir nabis en hebreo) porque tenían la vocación mesiánica y redentora propia de las vanguardias. “Muy bien”, podría decir un joven espectador de hoy, “esa arrogancia es normal si eres un cubista o un surrealista… pero ¿¡los Nabis?! ¿En serio?” Pues sí, en serio. Acostumbrados como estamos a ingerir y descartar imágenes en cuestión de minutos, cuesta imaginar una sociedad en que los colores planos de Maurice Denis, los lienzos decorativos de Édouard Vuillard o las escenas de interior de Félix Vallotton resultaran intolerables para el gusto dominante. Pero ese tiempo exisitó, y no es tan lejano.

Maurice Denis, Marta y María, 1896.

Maurice Denis, Marta y María, 1896.

Dominados por una versión actualizada del pensamiento único, donde la novedad no es siquiera una opción sino la ley, somos incapaces de entender cómo estas pinturitas inofensivas incubaron, hacia 1890, el germen de las grandes rupturas artísticas de las décadas siguientes. Tal y como harían las vanguardias posteriores, los nabis formaron un grupo organizado para combatir la hostilidad –más bien la indiferencia– del mundo exterior. Si hubieran sido una secta religiosa –como a veces parecen dar a entender los textos de Denis, su principal ideólogo– hubieran coronado sus altares con figuritas de Paul Gauguin. Se podría decir que sin él no hubieran existido los nabis, al menos no como grupo organizado. Hasta tal punto es crucial que fue bajo sus directrices que Paul Sérusier pintó El talismán, el cuadro que sintetizó las aspiraciones del grupo. Este fue su verdadero manifiesto, un enfrentamiento directo con los valores tradicionales del arte de la pintura.

Paul Sérusier, El talismán, 1888.

Paul Sérusier, El talismán, 1888.

Claro que, para muchos de nuestros artistas punteros de hoy, seguramente sean esos mismos antiguos profetas los que hoy encarnan la tradicición. Cuando a un joven pintor que conozco un colega de carrera lo vio absorto mirando un libro de Bonnard, le recomendó con condescendencia que mejor haría en fijarse en el arte producido a partir de 1950, sin duda la única fuente de inspiración aceptable para un joven aspirante a artista. Por descontado que este joven garante de la vanguardia consideraba que ambas cosas eran incompatibles. Y por descontado que tenía poca idea de la influencia decisiva que artistas como Bonnard han ejercido sobre buena parte de la pintura más valiente de la segunda mitad del siglo XX. Cuando las facultades de Bellas Artes descuidan las formas y la historia del arte, estos son los resultados. Qué le vamos a hacer.

Pierre Bonnard, El coche de caballos, 1895.

Pierre Bonnard, El coche de caballos, 1895.

A pesar de ser términos antagónicos, a la vanguardia le sucede lo mismo que a la tradición: no hay mejor manera de matarlas a ambas que a través del reconocimiento. Una tradición arraigada en la cultura popular que es de pronto exaltada por instancias oficiales y rodeada de medidas proteccionistas puede degenerar rápidamente en parodia, en una colorida pero inerme pieza de museo. Del mismo modo, cuando una vanguardia es aceptada socialmente y pasa a asumir el papel estético dominante, abandona forzosamente las trincheras. Viendo el panorama actual, sin embargo, se podría concluir que la gran conquista de nuestra era posmoderna consiste en que ahora se pueden compatibilizar la ruptura con el confort, la actitud revolucionaria con las subvenciones del Estado.

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